Bienvenidos

Comencemos!

Llegaba tarde por causa del tráfico, como cada día. Cuando entré por la puerta del edificio principal sólo estaba Alfredo fumando, con un café con leche.

- ¿Hoy no bajó Alejandro contigo? – pregunté extrañado pues no nos comentó nada ayer de que hoy se hubiera cogido el día de vacaciones.

- Estará enfermo… luego le escribo un WhatsApp. – Y siguió contemplando el humo de su cigarro con indiferencia.

Subí por las escaleras, y cuando llegué a la oficina todo estaba como siempre. Traté de pasar rápido por delante de la puerta de Maribel, mi jefa, para que no notara que llegaba tarde, pero me vio.

- José Antonio, necesito que me des el informe que te pedí el lunes pasado cuanto antes. El Consejero Delegado adelantó ayer a última hora su audio con los alemanes y lo necesita antes de las 13:00 horas. Al parecer no les cuadran nuestras cuentas con las suyas y no queremos que este problema llegue a los socios. ¿Cómo lo llevas?

- En hora y media creo que podré tenerlo, a falta de revisarlo con usted.

Me senté en mi puesto y me fijé que tampoco Yolanda, mi compañera, estaba. Necesitaba su ayuda para terminar el informe económico, así que la llamé, pero no me cogió el teléfono. Me puse los cascos, un poco de música y traté de concentrarme para poder terminar mi tarea cuanto antes.

Pasaría cerca de una hora cuando de repente se escuchó un ruido estruendoso, que provenía del despacho del Consejero Delegado. Se formó un revuelo en la oficina, algún grito por el susto. Después de unos segundos, las luces crepitaron violentamente hasta que terminaron estallando provocando pánico entre los empleados de Management Systems.

Todos empezamos a correr hacia la salida de emergencia, una escalera adherida al edificio por el exterior. Pequeños estallidos iban resonando según bajábamos las diferentes plantas. El terror y la incertidumbre crecían a cada escalón que bajábamos. Algunos gritaban: “¡Esto es un atentado!” otros, presos del pavor, decían que se trataba de fuego, pues olían a quemado. Cuando llegamos a la planta baja, comprobamos que las explosiones no sólo se producían en nuestro edificio porque salía gente despavorida de todos los edificios de la avenida principal. El caos se apoderó de toda la ciudad. Cientos de vehículos atascados, conductores alterados, sonidos de claxon interminables, sirenas de policía, bomberos y ambulancias ensordecían los gritos ahogados de las personas desesperadas por huir, sin rumbo alguno, a ninguna parte.

Mis compañeros de trabajo Marisa, Lorena, Ricardo y yo decidimos tomar rumbo al Parque de la Gracia, que está alejado de los edificios, más o menos a un kilómetro de nuestra oficina, confiando en que, al estar más aislado, no hubieran explosiones.

Cuando llegamos allí también reinaba el caos y el desconcierto, cientos de personas tuvieron la misma idea que nosotros y allí estábamos como si de una manifestación se tratara, pero sin pancartas. Tratamos de averiguar qué estaba pasando, pero nadie era capaz de asegurarnos nada.

Habría pasado más o menos media hora cuando los servicios de emergencia instalaron un puesto de socorro en el centro del parque para atender a las personas con crisis de ansiedad, contusiones y magulladuras producidas por caídas y por el aglutinamiento.

Comenzamos a recibir llamadas de nuestras familias, preguntándonos si estábamos bien. A la hermana de Marisa la habían llevado al hospital, y como nos imaginábamos, el hospital estaba saturado, y sorprendentemente no hubo ningún incidente allí con respecto a las extrañas explosiones. Yo traté de llamar a mi hermano, pero no me lo cogió.

Continuamente consultábamos en Internet pero no conseguíamos tener noticias del tema, y tampoco nadie se atrevía a moverse del parque. De lejos, continuábamos escuchando, sin cesar, las explosiones, en los edificios más cercanos. Teníamos miedo de que, en las construcciones más antiguas hubiese algún derrumbamiento.

Cuando pasaron como un par de horas, volví a tratar de comunicarme con mi hermano, sin éxito y, a cada rato que pasaba, mi preocupación se multiplicaba. Por suerte con mis padres, que estaban en el pueblo, no tuve problemas para contactar y allí estaba todo tranquilo. No quise decirles nada de lo que estaba ocurriendo aquí para que no se preocuparan, aunque sin saber cuánto tiempo podía mantenerles al margen de la situación.

Llegó el mediodía y todavía nadie era capaz de daros ningún tipo de información, las autoridades estaban desconcertadas. El transporte público estaba saturado, e incluso dicen que en alguna estación de metro también se escucharon explosiones.

La hermana de Marisa parece que evolucionaba bien, le dieron unos tranquilizantes y esperaba que le pudieran dar el alta enseguida, pero, ¿a dónde ir cuándo toda la ciudad está sumida en el caos?

Como no ganábamos nada quedándonos en el aquel parque, cada vez más masificado, decidimos caminar hacia el término municipal, que estaba como a unos tres kilómetros aproximadamente de donde nos encontrábamos porque quizás allí obtendríamos respuestas. Tratamos de rodear lo más posible la ciudad, para evitar los edificios, así que fuimos por el nuevo barrio que estaban construyendo, donde nadie todavía vive. Allí todo era silencio. De fondo, se escuchaba como un murmullo el gentío, las sirenas de los servicios de emergencia y las continuas explosiones. Llegamos al mirador de San Ignacio y contemplamos por unos minutos como poco a poco se destruía la ciudad. Al fondo, vimos en directo como uno de los edificios del casco antiguo terminó derrumbándose.

Caminamos como veinte minutos más hasta que llegamos a dónde no había nada más, sólo campo, y a cinco kilómetros el siguiente pueblo, el más cercano. Miramos los móviles y dejamos de tener cobertura, los cuatro que decidimos emprender este viaje, y separarnos del resto de la población. Teníamos que decidir qué hacer, porque aunque todo estaba tranquilo donde estábamos, no  podíamos comunicarnos con nadie. Tampoco gozábamos de tener mucha batería, pero aun así, finalmente, decidimos atravesar el campo, y tratar de llegar al pueblo más cercano, total, tampoco teníamos mucho más que perder, y si todo estaba más tranquilo por allí, Lorena tenía un tío que vivía allí, y quizás podríamos quedarnos en su casa.

Este trayecto nos costó más puesto que no sólo arrastrábamos cansancio de todo lo vivido por el día, sino porque el terreno era más escarpado, y la ropa de oficina no es la más ideal para caminar campo a través, aparte de que comenzó a chispear, para más inri.

Después de un par de horas largas conseguimos llegar al pueblo, pero para nuestro asombro, éste estaba desértico, vimos como la carretera que llegaba a él estaba vacía y nos costó entender qué es lo que estaba sucediendo.